Cuando subimos en el ascensor te
pegaste mucho más a mí de lo que deberías. Pero ya habías roto algo –no era
como si me hubieras faltado al respeto (qué sabía yo de eso), pero me había
dolido en alguna parte donde yo ya no sabía que dolía-, y a mí ya no me
apetecía tocarte. Aunque supiera que olías bien y que me sentiría como en casa.
Pero ya no quería estar en casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario