martes, 3 de septiembre de 2013

Cuando subimos en el ascensor te pegaste mucho más a mí de lo que deberías. Pero ya habías roto algo –no era como si me hubieras faltado al respeto (qué sabía yo de eso), pero me había dolido en alguna parte donde yo ya no sabía que dolía-, y a mí ya no me apetecía tocarte. Aunque supiera que olías bien y que me sentiría como en casa. Pero ya no quería estar en casa.

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