Creo que ha empezado el final. He vivido pensando en ello
desde los 13 o 14 años. No sé cuándo dejé de creer en la vida. Mucho antes de
ser escéptica en cuanto a la satisfacción o en funcionamiento del mundo. Antes
de la crisis, antes de saber que sería otro cerebro no tan privilegiado como le hicieron creer y desde
luego mucho peor pagado de lo que esperó. Ni siquiera hablando de dinero si no
de satisfacción, de reto, de algo más que una bayeta, que un cubo y una
fregona.
Ahora uso el sarcasmo como autodefensa. El puto cinismo
estando de vuelta de todo. No creer en nada pero esforzarte por hacer algo
más, para que no puedan echarte en cara el inmovilismo crítico –mi queridísima
Paula-.
Hay algo que no funciona en mi cerebro. Quizás algo químico.
Paroxetina para siempre, quizás no podría beber o correrme, pero al menos
podría ir a trabajar todos los días sin que fuera una batalla que siempre
pierdo. Me lamo mis heridas con una cerveza cuando llego a casa, y esa es la única
parte del día en la que no pienso qué coño estoy haciendo aquí. Y aquí podría
interpretarse como Inglaterra, pero sería estúpido además de falso y todo el
mundo lo sabría, decir que tiene que ver con mi situación física. Mi indescriptible y espeso sentimiento de desarraigo lleva
conmigo desde mucho antes de dejar Santander para empezar la carrera de
Psicología en la Universidad de Oviedo. Yo tenía la cabeza en otra parte
mientras mi cuerpo iba al Cambalache y a la salida de Pil. Yo vivía una vida
que no era la mía, mientras escuchaba a Nirvana y a Niña Pastori sin cambiar la
expresión de mi cara. Yo siempre he tenido esta inmensa idea en mi mente de que
la vida tenía que salirse de todas las expectativas, que mi alma tenía que ser
conocida y reconocida, que yo había nacido para cambiar el mundo, ser una puta estrella, un premio Nobel, un Oscar, un Grammy qué coño sé yo. Aunque me
gastara el dinero en pintauñas y en lazos para el pelo y en zapatos de tacón
que jamás usaría. No entiendo de qué manera este pensamiento lo contaminó todo.
Y cómo me condenó a la insatisfacción crónica.
Hola drogas, sexo con desconocidos, sobredosis de
barbitúricos y decisiones hiperirresponsables.
No puedo evitar llorar al pensar lo estúpida que fui. Por
qué hice esto con mi vida. Por qué lo jodí todo. Y todo el daño que hice para
nada. Cuánto amor no merecido con el que no supe conformarme.
Me siento como si tuviera 80 años.
Pero no los tienes.
¿Cuál es la diferencia?
(I miss you so bad Sarah Kane, ahora me consolaría tanto
leerte…). Te colgaste con los cordones de tus bambas. Suena como poesía.
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