martes, 10 de diciembre de 2013

Básicamente, la vida real es una puta mierda. Levantarte a las 7 para ir a currar en domingo. Esperar. Llamar al médico. Esperar más. Imprimir documentos, ir a Correos, poner sellos. Recargar el móvil. Ir de compras en Navidad. Odiarlo todo y odiar a todos. Odiar hasta cuando suena una canción que no quieres escuchar en el random del mp3.
Y cada día es una batalla, y cada día tienes que esforzarte por sonreír. Por encontrar cosas que te hagan sonreír, pero también razones, porque no hay nada más triste que esa felicidad momentánea se vea interrumpida porque tu cerebro no puede encontrar una razón real o lógica para sonreír.
Nadie dijo que fuera fácil, pero cuando ves a la gente sobreviviendo cada día, comprando chocolatinas en máquinas expendedoras o tomando otro té con leche, lo parece. Y es injusto, porque las personas a las que la vida nos parece una guerra, nos sentimos inútiles y débiles.
Hipersensibilidad como discapacidad.

Hace tiempo tomé la decisión de no volver a escribir en mi diario hasta que algo bueno ocurriera. Tuve que escribir antes, el temor a que nunca pasara nada bueno y a olvidar todo lo anterior.
Era mi tercer turno como Support Worker. Cinco horas de acompañamiento de una chica con una ligera deficiencia intelectual. Demasiado tiempo y temas de conversación que se agotan. Nos encontramos de casualidad con una cabalgata de Navidad. Pasamos por una calle llamada Campbell’s Street. Esto es lo que quiero decir. Que yo no me olvido, pasado más de un año. Yo no puedo olvidarme de la última vez que fui feliz de una manera… de esa forma de la que hablaba, cuando tienes un verdadero motivo. No sólo una mañana que te despiertas con resaca en el sofá de casa de tus colegas o en la cama de algún desconocido que te gustaba la noche anterior, y sabes que lo has pasado bien pero que eso no cambia tu vida real. Que quizás esa tarde cuando te des un atracón estarás bien, pero no cuando tengas que ir a trabajar al día siguiente, cansada y con la cara hinchada y dolor de estómago.
Y me pregunto si compensa. Si la satisfacción, la alegría, los ‘buenos momentos’ (o no tan malos o simplemente no tan absolutamente aburridos) son suficientes. Y yo diría que no. Que son demasiado cortos. Y que a diario como mucho tenemos 8 horas de descanso (si es que las tenemos) y que ni siquiera es algo bueno, es sólo ‘menos malo’. Y todo esto me deprime, y me asusta, y me agota. Me resigna a una vida que no quiero vivir, pero parece que no tengo alternativa, porque cuando nací ya era querida, y eso pesa sobre mí.

No me puedo creer que la vida sea esto, estar continuamente contando los minutos para que las cosas terminen. El curro, el microondas. Lo que sea, siempre esperando.