Básicamente,
la vida real es una puta mierda. Levantarte a las 7 para ir a currar en
domingo. Esperar. Llamar al médico. Esperar más. Imprimir documentos, ir a
Correos, poner sellos. Recargar el móvil. Ir de compras en Navidad. Odiarlo todo
y odiar a todos. Odiar hasta cuando suena una canción que no quieres escuchar
en el random del mp3.
Y cada día
es una batalla, y cada día tienes que esforzarte por sonreír. Por encontrar
cosas que te hagan sonreír, pero también razones, porque no hay nada más triste
que esa felicidad momentánea se vea interrumpida porque tu cerebro no puede
encontrar una razón real o lógica para sonreír.
Nadie dijo
que fuera fácil, pero cuando ves a la gente sobreviviendo cada día, comprando
chocolatinas en máquinas expendedoras o tomando otro té con leche, lo parece. Y
es injusto, porque las personas a las que la vida nos parece una guerra, nos
sentimos inútiles y débiles.
Hipersensibilidad
como discapacidad.
Hace tiempo
tomé la decisión de no volver a escribir en mi diario hasta que algo bueno
ocurriera. Tuve que escribir antes, el temor a que nunca pasara nada bueno y a
olvidar todo lo anterior.
Era mi
tercer turno como Support Worker. Cinco horas de acompañamiento de una chica
con una ligera deficiencia intelectual. Demasiado tiempo y temas de
conversación que se agotan. Nos encontramos de casualidad con una cabalgata de
Navidad. Pasamos por una calle llamada Campbell’s Street. Esto es lo que quiero
decir. Que yo no me olvido, pasado más de un año. Yo no puedo olvidarme de la
última vez que fui feliz de una manera… de esa forma de la que hablaba, cuando
tienes un verdadero motivo. No sólo una mañana que te despiertas con resaca en
el sofá de casa de tus colegas o en la cama de algún desconocido que te gustaba
la noche anterior, y sabes que lo has pasado bien pero que eso no cambia tu
vida real. Que quizás esa tarde cuando te des un atracón estarás bien, pero no
cuando tengas que ir a trabajar al día siguiente, cansada y con la cara
hinchada y dolor de estómago.
Y me pregunto
si compensa. Si la satisfacción, la alegría, los ‘buenos momentos’ (o no tan
malos o simplemente no tan absolutamente aburridos) son suficientes. Y yo diría
que no. Que son demasiado cortos. Y que a diario como mucho tenemos 8 horas de
descanso (si es que las tenemos) y que ni siquiera es algo bueno, es sólo
‘menos malo’. Y todo esto me deprime, y me asusta, y me agota. Me resigna a una
vida que no quiero vivir, pero parece que no tengo alternativa, porque cuando
nací ya era querida, y eso pesa sobre mí.
No me puedo
creer que la vida sea esto, estar continuamente contando los minutos para que
las cosas terminen. El curro, el microondas. Lo que sea, siempre esperando.
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