Cogí despacio los carritos de bebé. Y los muñecos pequeños,
en los barcos, en las casas. Pensé en Ciara que era tan buena y tan dulce. Me
senté en el sofá y miré el móvil. Me eché a llorar. La vida se estaba haciendo
cada vez más espesa, más difícil de sobrellevar.
La primera pelea era el viento. La lluvia, el frío. Las
cuestas. Los coches. Pedaleaba con todas mis fuerzas. Estábamos parados y el
coche de al lado no puso el intermitente. Chillé. Dos hombres que caminaban por
la acera me miraron. Me sentí un poco ridícula pero jóder, casi me atropella.
La mujer pidió disculpas. Seguí pedaleando tan rápido como pude. Odio sentirme
un estorbo para los coches, aunque sé que tengo derecho y pienso, qué se jodan.
La segunda batalla es poner buena cara. Es sobrevivir. Es
entender. Es sonreír.
Luego llegan los niños insoportables, marearme al
levantarme, no comer tostadas.
Hay una última cuesta justo antes de llegar a casa. Y luego
tener que ir al baño, o hacer la comida. Comer poco, la casa helada. La presión
de tener que ir al gimnasio, o peor, de no hacerlo. La vida absurda. Una vida
sin sentido y sin ninguna clase de satisfacción. Las cosas que solían hacerte
bien, ya no lo hacen más, y las que aún podrían hacerlo apenas dependen de ti.
Me he muerto, en algún momento, y
entonces me volví ultrafuncional y nadie lo sospechó. Y ahora trabajo y limpio
mi cuarto y hago la compra, y voy al gimnasio y soy mentora de una joven
vulnerable.
Y pienso en morirme todo el tiempo. Y pienso en mis padres y
pienso en mi hermana. Y pienso en toda mi vida, la que nunca he querido para
nada. La que siempre fue algo que estuvo ahí, como una puta obligación que yo
no quería atender.
Todo el dolor y todo el drama y yo sólo quiero estar
delgada, emborracharme y follar. Y luego, comer helado.