Era domingo. Siempre lo era y siempre lo fue. Tenía
resaca y el cuerpo desarrollaba una sensibilidad concreta. Era como haber
estado haciendo ejercicio y tener el cuerpo dolorido. Mi propio pelo, cayendo
sobre los hombros, era una cortina de caricias extrañas.
Iain hizo sonar los nudillos contra la puerta.
Sonrisas tímidas. Perezosa y mimosa, me acercaba a él mientras veíamos
cualquier mierda en televisión. Me adormecía mientras me tocaba, y parecía que
mi piel era capaz de percibir cada uno de los surcos de sus huellas dactilares.
Me estremecía mientras pensaba que yo había nacido para ser tocada. Y que
mientras aquello existiera, la esperanza también. Si la realidad podía
simplemente ofrecerme eso, ya no había nada que temer. El vacío y el absurdo se
hacían pequeños, e Iain los iba borrando, tan despacio que era apenas
perceptible. El cuerpo en inmediata conexión con la mente. Lo físico,
convertido en puro placer químico en mi cerebro. Como magia.
“Yo creo en la magia”, y ésta idea me inundó el
corazón de algo tan cálido, tan blandito, tan brillante.